Ruido y memoria: ¿el arte es humano?
El 23 de octubre atendí a un seminario impartido por Julio Gonzalo y Ramón del Castillo. Dicha conferencia giraba en torno a una pregunta: ¿Podrá ser una IA quien escriba la gran novela del siglo XXI? Esta se trata de una cuestión que hace tan sólo unos años hubiera sonado a ciencia ficción, sin embargo, ahora vale la pena plantearla.
Para comenzar, ambos catedráticos de la UNED dejaron claro que la IA no puede tener una creatividad literaria -ni puede ser creativa a secas- pues, como ya sabemos, su funcionamiento se basa en analizar bases de datos con enormes cantidades de obras creadas por humanos y detectar patrones para combinarlos de nuevas formas, sin comprender su significado ni tener una motivación propia para crear. A diferencia de una persona, una IA no escribe ni produce arte para expresar emociones, ideas o una visión del mundo, sino que genera resultados a partir de lo que ya existe. Por eso podría parecer creativa, pero no crea desde una subjetividad ni una originalidad genuinamente propias.
A continuación, los dos expertos presentaron una serie de experimentos que realizaron para comprobar si la IA podría parecer creativa, planteando el problema de recepción y percepción por parte del espectador que presenté en la anterior entrada. Los resultados de sus investigaciones quedan recogidos en su libro, Pron vs. Prompt, que publicaron junto con otros dos autores, María Teresa Mateo Girona y Guillermo Marco, en 2025. Para el primer experimento enfrentaron al escritor Patricio Pron con el modelo de inteligencia artificial ChatGPT4, al estilo de Deep Blue contra Kasparov. El reto encargado a ambas partes consistía en redactar varios textos cortos a partir de una serie de títulos. Cabe destacar que este modelo de IA, lanzado en 2019, todavía no era tan avanzado como en la actualidad, por eso, los investigadores lo estuvieron “entrenando”. Los textos se presentaron anónimos ante un amplio jurado, el cual rellenó una rúbrica de evaluación inspirada en la definición de creatividad de Margaret Boden.
El resultado es que en numerosos aspectos, la máquina ganó, ya que para el público, la IA superaba al escritor en varias categorías, como por ejemplo: mejor gramática, creatividad, fidelidad o informatividad. Sin embargo, hay que tener varios factores en cuenta. En primer lugar, se trataba de textos de breve extensión, factor que podría favorecer a la IA. Además, los catedráticos admitieron que su escritor elegido no es que se pueda equiparar a Cervantes. Por último, también notaron cierta equivalencia de calidad con popularidad. Por esto mismo, decidieron realizar un segundo experimento, para el cual recopilaron 5.400 juicios de expertos (críticos y académicos). El resultado fue bien distinto. Para este jurado la “voz propia” de Pron superaba a la IA en un 400%, así como también hubo una distancia abismal entre los rivales en los demás parámetros. De esta forma, la conclusión a la que llegaron los investigadores fue que el elemento clave es el lector.
De esta conclusión me gustaría extraer dos reflexiones. En primer lugar, que, tal y como muestra el estudio, el gusto literario y artístico en general no sólo puede educarse sino que dadas las circunstancias actuales se vuelve casi un deber. No porque sea preciso perpetuar el dichoso canon del que hablaba Harold Bloom, sino porque existe para todas las artes una larga tradición evolutiva que ha ido moldeando el aprecio que uno tiene respecto a la técnica, la forma, las composiciones, los símbolos, los materiales y la estética; y a través de la educación sobre la tradición y “las grandes obras de arte” se aprende a distinguir la calidad, separada del gusto personal o la popularidad. Es decir, que, como muestra el experimento, un lector o espectador educado y crítico será más propenso a diferenciar contenido generado por inteligencia artificial del verdadero arte humano.
A continuación, mi segunda reflexión surge de otro momento en la conferencia en la que los ponentes pusieron a prueba al público. Sometieron a votación un par de listas de títulos, así pues, los que atendimos levantamos la mano según nos atrajera más una lista u otra: cuáles de esos títulos nos despertaban más curiosidad. La primera lista contenía unos títulos más ambiguos o misteriosos, más bellos compositivamente, quizá hasta tenían una mejor sonoridad. Pero lo cierto es que no me acuerdo de ninguno de ellos a día de hoy. Sin embargo, sí que me acuerdo de algunos de los títulos de la otra lista, que si bien no eran igual de atractivos o misteriosos, sí que eran más originales. Por ejemplo, La mujer Lego, era parte de esta lista, que como ya habréis podido adivinar, fueron escritos por un ser humano, mientras que los otros fueron el resultado de una inteligencia artificial. Recuerdo este título y otros porque, como he mencionado, eran originales, y la originalidad viene de la imperfección. No eran títulos especialmente bellos, algunos ni siquiera estaban estructurados correctamente pero sí que consiguieron perdurar en mi memoria. Ramón del Castillo notó que quizá sí que había algo que podía distinguir el arte humano y es, precisamente, esta imperfección, denominada por él mismo como “ruido”.
Nos encontramos ante el comienzo de un gran cambio mundial en la humanidad y estamos todavía por ser testigos de acontecimientos que quizá ni siquiera podemos imaginar ahora mismo, como era impensable la pregunta que se hicieron los dos catedráticos en la conferencia. Sin embargo, siempre habrá arte y no solo siempre tendremos los museos y el Museo del Prado siempre tendrá sus Rubens y sus Tizianos y sus Goya y sus Velázquez; sino que también seguirán existiendo personas que encuentran una conexión con su medio artístico y que, a partir de esta conexión serán capaces de crear obras de arte (sea lo que sea que signifique tal denominación).
Cuesta pensar que ya existen definiciones del arte que excluyen el componente humano de sus acepciones, ¿desde cuándo el arte no es humano? En esta cuestión se puede vislumbrar que la Inteligencia Artificial no es cualquier herramienta, pues quizá las calculadoras o los martillos pueden replantear cómo hacemos las cosas pero me gustaría ver una llave inglesa que me hiciese replantearme qué somos los humanos, no sólo en el arte, sino en muchos otros aspectos que hemos podido debatir durante este curso. Me encantaría poder darle un final feliz a la entrada y afirmar que el arte es humano y que gracias a su imperfección es aquello que queda en la memoria, marcando a las personas incluso con el paso del tiempo. No obstante, todavía nos queda mucho por ver y este es sólo un final abierto.
Carlota Agulló
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